La Llaga del Derecho

Register- Bishop’s Article SP. 1-10-14

La Llaga del Derecho: debemos reconocer que somos humildes mayordomos de todo lo que tenemos.

Este es el quinto y último de una serie de artículos sobre las "cinco llagas de secularización", o cinco maneras que el mundo nos rodea y puede herir la esperanza de lo que Dios quiere compartir con nosotros.

Por Obispo Edward Weisenburger

"¿Qué tienes que no hayas recibido?" (1 Corintios 4:7)

La llaga final de nuestra cultura es el creciente conocimiento del derecho. Muchos creen que tal vez sea el más insidioso de todos los ataques a nuestra vida de fe.

De hecho, antes de ir más lejos, debo notar que cuando muchas personas escuchan la palabra "derecho", generalmente piensan de en términos sociales o políticos o tal vez programas del "bienestar" para los pobres. Déjenme ser claro desde el principio que mi uso de la palabra "derecho" no pertenecen a lo que algunos denominan "abusadores del sistema" o "gente que piensa que el mundo le debe ganarse la vida" o "gente que no quiere conseguir un trabajo".

Por el contrario, la manera en la que estoy hablando del creciente conocimiento de nuestra cultura sobre “el derecho” se refiere a una ausencia total de cualquier sentido de gratitud a Dios.

Esto es todo lo contrario a lo que sabe y cree el verdadero cristiano — es decir, que todo es regalo, más especialmente la vida misma.

Esté creciente conocimiento sobre el derecho se refleja en muchos ámbitos de nuestra cultura. Lo vemos en la firme creencia cultural que mi vida es mi posesión y no un regalo; que la he sacado yo mismo por mi propio esfuerzo; que me merezco todo lo bueno que tengo; que en realidad me debe todo lo que yo quiera; y que tengo el derecho de castigar a cualquiera que me impide obtener lo que deseo. En la última instancia, sin ningún sentido de gratitud, Dios se retira completamente de mi visión del mundo. En efecto, desde una perspectiva distorsionada, ¡Dios debe ser agradecido por todo el trabajo duro y sacrificios que yo he hecho!

Mientras que a propósito he articulado esto de una manera un poco extravagante, creo que muchos de los que leen estas palabras reconocerán este creciente conocimiento del derecho que impregna nuestra cultura. Se revela en nuestra política, daña la vida familiar y lo peor de todo, nos pone en contradicción con el Dios que no siempre responde como nosotros queremos a las demandas que le ponemos a sus pies.

El daño que esta actitud le hace a nuestro crecimiento espiritual es inmenso. Cuando llegamos a la conclusión que se nos debe todas las cosas buenas, que no tenemos nada de que ser redimidos o nunca debemos saber sufrimiento, entonces nos encontramos distanciados de Dios en cuya imagen fuimos creados.

 

En tal visión del mundo estamos en buena compañía con muchos de los antiguos israelitas como se nos revelan a veces en el antiguo testamento. El pueblo judío tenía una comprensión clara de su papel especial en la historia de la salvación. Había una inmensa dignidad sabiendo que eran "los elegidos de Dios" y que Dios había prometido redimir a todo el mundo a través de ellos. Pero su identidad única y privilegiada no era una cuestión de estado; era para crear un vínculo de amor entre ellos y Dios que eventualmente incluiría a toda la creación.

Además, esta relación única sería suficientemente poderosa como para permitirles mirarse honestamente a sí mismos, su indignidad y su pecado que los llevaría a reconocer aún más su completa dependencia de Dios y su misericordia.

Los israelitas, sin embargo, seguían perdiendo pista de esta verdad y reemplazaron su humildad con arrogancia excepcional. Cayeron en la ilusión de la autosuficiencia y la desconfianza de Yahvé cuando las cosas no seguían su camino. En sus momentos más oscuros, les profesan devoción a los dioses paganos con la esperanza equivocada que pudieron encontrar satisfacción y seguridad en lo que fue, a lo mejor, la ilusión de control.

Seguramente tan profunda llaga puede ser curada, solamente, con extraordinaria humildad y un profundo sentido de gratitud al que nos creo, nos redimió y nos ama. Tales actitudes son la base esencial de la vida espiritual. Esto lo vemos en los discípulos de Jesús, cuyos ejemplos se exponen en las escrituras, así como en la vida de los Santos.

Un excelente ejemplo en este sentido es San Ignacio de Loyola. Basándose en su propia experiencia de arrogancia que se transformó en gratitud, San Ignacio escribió un corto ejercicio espiritual que él recomienda a otros discípulos: una reflexión por la noche sobre las experiencias del día.

Él nos impulsa a empezar a reflexionar específicamente sobre las razones por las cuales tenemos que estar agradecidos---no solamente por las cosas que nos han traído una sonrisa o buen humor pero por las bendiciones del día que en silencio nos hablaron del amor de Dios. Es probable que tome un poco de trabajo para ordenar las experiencias del día; nuestras bendiciones no siempre son inmediatamente evidentes.

Solo después de este breve tiempo de reflexión sobre nuestras bendiciones, es cuando San Ignacio entonces nos invita también a contar las veces durante el día cuando hemos pecado. Este reconocimiento de nuestros pecados ayuda a profundizar nuestra humildad y nos hace cada vez más receptivos a la gracia redentora.

Entonces cerramos la reflexión pidiéndole a Dios por la fuerza para vivir el día siguiente como una persona de esperanza, humildad y alegría. Tal práctica se traduce en hacernos cada vez más fieles discípulos. En realidad, San Ignacio es recordado por su famosa oración que se formó fuera de estas reflexiones:

"Tomad, señor y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo lo que tengo y considero mío. Me lo has dado a mí. A ti, señor, te lo devuelvo. Todo es tuyo; hacer con ello lo que quieras. Dame, solo, tu amor y tu gracia. Eso es suficiente para mí.”

Al final, la cultura secular dice que todo lo significado comienza con "yo". La verdad es que todo lo significado comienza con "Te". Nadie puede acercarse dignamente a Dios sin primero reconocer que la vida misma es un don y que las primeras palabras hacia a Dios deben ser siempre palabras de gratitud y agradecimiento. Por otra parte, aquellos que reflexionan sobre las escrituras, así como sobre la vida de los Santos no pueden sino concluir que la gratitud debe sostener incluso en medio de dificultades, desafíos o sufrimiento.

La llaga es un entendimiento del derecho que puede muy fácilmente ponernos en desacuerdo con Dios y el prójimo. El bálsamo curativo es la gracia de reconocer que somos humildes mayordomos de todo lo que hacemos, incluyendo el don de la vida misma y luego responder con gratitud y alegría.

'Las cinco llagas de secularización'

Emérito Benedicto XVI nos llamó a un "año de la fe" y a una renovada evangelización. Para nosotros, que ya fuimos introducidos a la fe en Jesucristo, esto es una llamada a renovar y a profundizar nuestra fe. Sin duda una de las maneras en que crecemos más fuertes en la fe es el de luchar con la adversidad. En ese sentido podemos hacernos la pregunta, "¿Qué es lo que más cuestiona nuestra fe?" "¿Qué es lo que tenemos que luchar contra para poder hacernos fuertes?"

Creo que la respuesta se encuentra en "Las Cinco Llagas de la Secularización". Estas son las maneras que el mundo incrédulo puede desafiar nuestra fe o intentar llevarnos lejos de una relación con Jesús.

Las cinco llagas de secularización son:

• El Activismo – permitiendo las muchas demandas y exigencias de nuestras vidas complicadas que nos impiden profundizar nuestra relación con Jesús.

•  Consumismo y el materialismo – aceptar la mentira que la felicidad y el significado se encuentran en riqueza y bienes materiales excesivos.

• La violencia y la venganza – la falsa creencia de que nuestras vidas no tiene que estar marcadas por la misericordia y el perdón; la falsa idea de que podemos abrazar el evangelio y al mismo tiempo demandar castigo para aquellos que nos han perjudicado.

• Individualismo y relativismo-la creencia anti-cristiana que solo yo determino  qué es verdad para mí: que Dios no determina lo correcto y lo incorrecto, el bien y el mal, lo verdadero y lo falso; por el contrario, yo determino todas estas cosas por mí mismo.

• El Derecho – la mentira más grande de todo, es simplemente que mi vida no es un regalo, no hay Dios a quien tengo que estar agradecido, me merezco todo lo bueno que tengo y se me debe todo lo que quiero.

Reflexionemos sobre estas llagas causadas por nuestra cultura secular, y en la gracia y los esfuerzos necesarios para superarlos y a la nueva vida en Cristo que se ofrece a aquellos que luchan por superar el mensaje del mundo y en cambio escuchar la voz de Dios.