¿Por qué un Año de la Misericordia?

En estos meses, muchas personas me han preguntado por qué el Santo Padre anunció un año santo enfocado especialmente en la Misericordia de Dios.

En esta foto de archivo del 6 de enero de 2001, el papa Juan Pablo II esta de rodillas ante la Puerta Santa, antes de cerrar la enorme puerta de bronce para concluir el Año Santo en la Basílica de San Pedro en Roma. El papa Francisco abrirá esta misma Puerta Santa el 8 de diciembre durante la misa de apertura del Año Santo de la Misericordia.

Por el obispo Edward J. Weisenburger

En estos meses, muchas personas me han preguntado por qué el Santo Padre anunció un año santo enfocado especialmente en la Misericordia de Dios. Agradezco que me pregunten y creo que hay razones que llevaron al Papa Francisco a tomar tal decisión y son tan significativas como el mismo año santo. Aquí explicaré en tres puntos lo que yo entiendo cuáles son esas razones detrás del anuncio del Santo Padre.

¡Necesitamos de la misericordia de Dios!

Para ser preciso, hay dos actitudes extremas que no permiten a la persona tener una relación saludable con Dios. Una de ellas es el creer que uno simplemente no necesita la misericordia de Dios.

Esto se refleja de manera prominente en nuestra cultura occidental. Una multitud de diferentes problemáticas, como la aparición de la sicología popular de los sesentas, y la desconfianza que se produjo hacia cualquier autoridad o institución, que dio como resultado la pérdida de un claro y balanceado sentido del pecado original y del pecado personal, así como la responsabilidad de todos por la presencia del mal en el mundo. Para muchos ni siquiera existe la idea que desde el principio de la creación estamos necesitados de redención, que no podemos “rescatarnos a nosotros mismos” y que eso sólo es posible a través de la acción misericordiosa del Hijo de Dios realizada por su cruz.

Las personas que viven atrapadas por esta creencia, niegan cualquier posibilidad de pecado personal, y eso ya es un daño que inevitablemente causamos a los demás; o caen en la idea de que los sentimientos de culpa son una neurosis que debe ser superada. Es por eso que las personas buscan calmar sus conciencias de muchas maneras en lugar de aceptar la misericordia de Dios tan necesaria en sus vidas. No debería sorprendernos pues que las personas que viven así, la idea de tener una relación personal y saludable con un Dios misericordioso nunca pasa por sus mentes.

Pero en el otro extremo están aquellos que viven agobiados por sus pecados y pierden cualquier esperanza en el Dios misericordioso revelado por Jesús. Estas personas pueden luego alejarse de Dios por el miedo, creyendo que nunca serán perdonados, o se mueven en la dirección contraria cayendo en la escrupulosidad. Quienes viven atrapados en la escrupulosidad son el pequeñísimo grupo de aquellos que se la pasan en la iglesia, pero porque le temen a Dios como si fuera un padre que no perdona, un padre que vive en ansias para castigar y se tarda para perdonar. Desgraciadamente, esta manera de ver a Dios hace que las personas escrupulosas también lo sean en sus relaciones con los demás, causando que sus relaciones carezcan de afecto sincero.

El antídoto para estas actitudes extremas es una comprensión saludable y apropiada de Dios, quien es sobre todo misericordioso, un Dios amoroso pero que su misericordia no es contraria a su justicia sino que fluye de su justicia. Más aún, cuando nos encontramos con este Dios de misericordia y bondad, recuperamos un sentido de esperanza que nos puede llevar más allá de nuestros pecados y relacionarnos con el Dios que nos redime. Y para lograr esta comprensión católica y saludable de Dios y su misericordia, debemos ir a las Sagradas Escrituras.

La Sagrada Escritura revela a un Dios bueno y misericordioso

Comenzando desde los escritos tempranos del Antiguo Testamento, los cuales nos relatan la revelación de Dios al pueblo judío; un Dios que no es como los dioses falsos de los pueblos paganos. El Dios de los judíos se revela como el Dios de hésed. Esta palabra hebrea no es fácil de traducir y quizá no hay palabra adecuada en nuestro idioma para expresar todo su significado, pero las palabras más usadas para describirlo son compasivo o misericordioso.

El Dios de hésed es totalmente diferente a los dioses paganos cuya cólera los humanos deben mitigar. Yahweh, el Dios verdadero, se ha revelado a sí mismo como un Dios personal, que se relaciona con los hombres, que es fiel, compasivo, y misericordioso.

Como ya lo mencioné, hésed es difícil de traducir. Una clave para entender esta palabra es que se refiere a una relación recíproca, como la relación entre esposos o también entre padres e hijos. No se trata de una relación donde el amor se da solo en una dirección, sino que es amor recíproco, correspondido entre las dos personas.

Más todavía, el significado de esta relación parece enfocarse en cuatro movimientos: fuerza, estabilidad, lealtad y amor. Cualquier intento de traducción de hésed que no tome en cuenta estos cuatro movimientos inevitablemente le resta significado. Por ejemplo, si ponemos atención solo a la lealtad o al amor, entonces el significado de hésed estará cargado de sentimentalismo. Y si sólo nos fijamos en la fuerza y la estabilidad, entonces nos parecerá demasiado legalista.

Al final, hésed nos revela una relación inquebrantable de lealtad, de compromiso, y sobre todo, de amor misericordioso. No olvide­mos que en el mundo antiguo esta idea de Dios fue única y novedosa. Ningún otro pueblo o nación tuvo un dios compasivo y misericordioso.

Llegada la plenitud de los tiempos, Dios llevó también a plenitud su relación de hésed con su pueblo en la persona misma de Jesús. En Él se cumple y realiza cada verdad revelada del Antiguo Testamento. No se rompió ni una sola de las promesas hechas por Dios al pueblo judío, sino que a través de Jesús las promesas y la relación de hésed fueron renovadas y se extendieron a toda la creación, a todos los seres humanos.

Consideremos por un momento algunos puntos básicos del Antiguo Testamento, así como las culturas que rodeaban a los judíos. En esas culturas, la violencia siempre conllevaba mayor y más poderosa violencia. Ante tal situación, las leyes tempranas del judaísmo permitían el “ojo por ojo, y diente por diente (solamente)” Y esto era un poco menos violento en comparación a lo permitido por las culturas paganas.

Pero con Jesús, la enseñanza judía sobre los límites en el uso de la violencia vino a perfeccionarse de una manera radical: cuando alguien te golpee la mejilla, ¡muéstrale la otra! Lo dicho en el antiguo testament no se borra ni se niega, sino que se eleva a un nivel de virtud.

Otro ejemplo lo podemos tomar de los 10 mandamientos: No cometerás adulterio. Jesús toma esa verdad eterna y la eleva a un nuevo nivel: ahora quien comete ese pecado, aunque sea solo en su corazón, ha hecho lo malo ante Dios. Los corazones y las mentes de los hijos de Dios deben ser puros porque son de Dios. Lo que vemos en estos ejemplos es cómo Jesús construye sobre la relación de la alianza iniciada por su Padre y la lleva a un nivel más perfecto.

En Jesús se nos revela de manera única y poderosa el hésed de Dios. La lealtad perfecta entre Dios y su pueblo, la inagotable misericordia de Dios y su amor perfecto por nosotros, son revelados en plenitud a través de Jesús crucificado. Pero recordemos que este hésed es recíproco. La compasión y misericordia de Dios deben ser correspondidas y también compartidas con el prójimo. Con esto en mente, creo que me uno a la afirmación del Papa: “No podemos llamarnos fieles discípulos del Señor sino hasta que hayamos realmente vivido la compasión y misericordia de Dios que se ha revelado en Jesús”.

Creo que esto es precisamente lo que el Santo Padre desea que recibamos y experimentemos: la compasión y misericordia divinas. Creo que la experiencia personal de la misericordia divina es el cimiento sobre el cual se construye y se desarrolla la nueva evangelización. Creo que esta es la idea que las personas alrededor del mundo están recibiendo de la misma persona del Papa Francisco. Ver cómo el Papa da testimonio con su persona de la compasión y la misericordia, nos ayuda a hacer lo mismo con otros.

La misericordia de Dios es un tema que ha estado presente en las enseñanzas de los papas recientes

El ultimo punto que quiero señalar es que así como Jesús le dió plenitud a lo enseñado en el Antiguo Testamento, también el Papa Francisco continua las enseñanzas y el pensamiento de los papas recientes anteriores a él.

La invitación a poner la misericordia en el centro del anuncio del evangelio inició con el papa San Juan XXIII. Su diario espiritual contiene muchas reflexiones sobre la misericordia divina. El santo afirma que la misericordia es la manera más hermosa se dirigirse a Dios. Más todavía, en su discurso de apertura del concilio Vaticano II, señaló que la Iglesia, la Esposa de Cristo, prefiere hacer uso de la medicina de la misericordia que de la severidad. Con esta afirmación el santo papa llamó a la Iglesia universal a tomar una nueva dirección.

Después, esta invitación a la misericordia se hizo tema central en la vida del papa San Juan Pablo II. Recordemos que él conoció los hechos de terror en Auschwitz, vivió el horror de la Guerra mundial, creció en medio de la violencia brutal del régimen político de su país, y sobrevivió a un atentado de asesinato en su contra. A lo largo de su vida él conoció de cerca todo tipo de sufrimiento, especialmente los últimos meses. El resultado de esto fue su esfuerzo constante por hacer de la misericordia el tema central de su pontificado.

Su segunda encíclica, Dives in Misericordia (1980), fue dedicada a la misericordia, poniendo en claro que la justicia sola no refleja la naturaleza de Dios. Con la canonización de la mística polaca, sor Faustina Kowalska, el papa contribuyó a que sus escritos fueran estudiados, donde se afirmaba que la misericordia de Dios es uno de los atributos divinos más grandes.

El papa Benedicto XVI del mismo modo hizo de la misericordia un tema central en sus escritos y discursos. Cuando presidió como el Cardenal Ratzinger el funeral del papa Juan Pablo II, habló de la misericordia como un tema de especial atención de su predecesor y de ahí él también lo tomaría. En uno de sus últimos libros el papa Benedicto escribió: “El límite que ha sido establecido para el mal es definitivamente la misericordia divina”, una frase que tomó de los escritos de Juan Pablo II.

También, en la primera encíclica de Benedicto, Deus Caritas Est (Dios es amor) (2006), volvió a enfocarse en la misericordia. En ella, en lugar de afirmar que el punto de arranque de la enseñanza social de la Iglesia es la justicia, ahora es el amor y la compasión.

¿Debería sorprendernos pues que el papa Francisco nos invite a participar en el Año de la Misericordia? En su bula Misericordiae Vultus, donde decreta el Jubileo Extraordinario del Año de la Misericordia, el papa explica perfectamente el porqué de este año:

“Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une a Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado”.

Quiero agregar aquí, un dato novedoso que nos dio el Obispo auxiliar de Los Angeles, Robert Barron. Para él, uno de los atributos esenciales de Dios es el amor (no la misericordia). Y agrega, diciendo que la “misericordia es la expresión del amor hacia el pecador”.

El papa Francisco, así como todo cristiano que haya existido, se considera a sí mismo un pecador, y es precisamente esta vivencia de la misericordia lo que le permite experimentar el amor de Dios. Y es como si quisiera que todos nosotros experimentáramos lo mismo. Por eso, desde que empecé a escribir este artículo, creo que el Santo Padre junto con sus predecesores, ha notado la urgente necesidad de que todos tengamos una correcta y saludable comprensión de un Dios que es misericordioso y compasivo. Lo demás fluye de esta verdad al considerar cómo es Dios y qué desea de nosotros.

Espero que el pueblo católico de la diócesis de Salina se abra a la celebración de este año y a sus bendiciones. Pido a Dios que mientras hacemos nuestro el mensaje de un Dios misericordioso y compasivo, seamos también como el papa Francisco, testigos de la misericordia para todo el mundo. En nuestros días el mundo sigue ansioso de recibir el mensaje de la misericordia.